Capítulo II, La Cena.


El lunes logré conversar con mi esposa y acordamos juntarnos a cenar, por lo que para mí la reconciliación había partido.
Cuando vi a mi esposa en el restorán encontré que se veía más linda que nunca, se notaba que se había producido para el reencuentro. Al poco rato de la conversación ella dijo con un tono entre rabia y pena que una cosa es el engaño pero otra distinta es que además sea un descarado. Callé, después le tomé la mano y le dije que lo pasáramos bien, pero ella me respondió con una risa llena de ironía.

Mientras yo le comentaba lo que me estaba ocurriendo en el trabajo, sus ojos se empezaron a llenar de lágrimas y de un momento a otro se largó a llorar. Me dijo que yo no la amaba, luego tomó su cartera, se paró y se fue al baño.

Mientras la esperaba pensé mucho en la infidelidad, no entendía cómo ella concluía que no la amaba por el solo hecho de pensar que yo le era infiel. Quizás para muchos pueda parecer obvio, pero jamás se me habría ocurrido que ella pudiese concluir eso, jamás hasta ese momento.

Después de unos minutos llegó y me dijo, “te voy a dar un rato para que pienses bien y me cuentes la verdad, cuando vuelva quiero que me digas cuántas veces me has sido infiel”. Estaba claro que no podía responder esa pregunta, no al menos con la verdad como ella quería. Si ella pensaba que ser infiel significaba que no la amaba no lograba imaginar lo que pensaría al saber que sólo en el último mes había sido infiel cerca de quince veces. Pensé mucho la respuesta, analizaba las distintas alternativas que podía elegir; una opción era decirle que ninguna vez le había sido infiel o bien asumir un poco de culpa y reconocer sólo una vez o definitivamente decirle la verdad. Después de mucho pensarlo decidí decirle que nunca había sido infiel. Cuando llegó y me preguntó si tenía una respuesta le dije: “sí, no te he engañado ninguna vez”, ella no pareció sorprendida. Se sentó y me dijo indignada que sabía perfectamente donde había estado el fin de semana, que también sabía que me había metido con mi secretaria y la Gerente de Marketing de la empresa. Luego se paró, me pidió las llaves de la casa, dijo que había mandado mis maletas a un hotel. Calmadamente me lanzó un vaso de agua en la cara y dijo que esperara la llamada de su abogado.

Quedé desecho, entendí que ella tenía esta venganza completamente planeada desde antes, El camino más lógico a seguir era contactar a mis abogados para contener los daños económicos de lo que significaría el divorcio, pero después de pensarlo un rato decidí que no jugaría ese camino. Todo contrario me la jugaría completamente por reconquistar a mi mujer.

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