Capítulo III, El Mariachi

El martes salí a un happy hour con un grupo de gente del trabajo, entre los cuales había una asistente comercial que me insistentemente me miraba con una sonrisa cómplice que invitaba a jugar con la imaginación. Pero no era lo mismo que otras veces, mi situación familiar no me tenía de buen ánimo por lo que estaba apagado.

Mientras veía la coqueta sonrisa de la hermosa asistente decidí animarme y tomé mi trago de ron de un solo sorbo, rápidamente se me fue a la cabeza y el ánimo volvió a mí. No sólo fue ánimo sino también mi creatividad y me dieron ganas de hacer una locura. Contrataría unos mariachis e iría a la casa de mi esposa a cantar unas serenatas. Por otro lado estaba la alternativa de llevarme a la asistente comercial al hotel y pasar una muy buena noche. Después de un rato me decidí y me despedí de todos mientras por el teléfono coordinaba con los mariachis para iniciar la locura.

Cuando me junté con los mariachis me dijeron que no era serenata si yo no me vestía como ellos, me pasaron un traje que, después de varios reclamos, finalmente usé. La verdad me sentía ridículo ya que los pantalones me quedaban muy apretados y parecía un mariachi gay. Sorpresa fue la mía cuando llegamos a la casa y los mariachis se bajaron del auto con trajes diferentes al mío, me habían cagado, el único que usaba pantalones apretados era yo y ellos no tenían la más mínima vergüenza de contener sus carcajadas al verme con ese traje tan ridículo. Sorpresa mayor fue ver que había muchos autos en mi casa, todas amigas de mi esposa, por lo que comprendí que el ridículo sería de una magnitud que no había calculado, todo mi esfuerzo de generar un perfil serio se iría a la basura en un par de minutos.

Mientras cantábamos la primera canción comenzaron a salir los vecinos y empezaron a gritarme cosas como “¿te pusiste los pantalones con vaselina?” o “te ves rica”, en total salieron como sesenta vecinos todos muertos de la risa. Al rato se abrió la puerta de mi casa y salió mi esposa con ocho amigas, ante la sorpresa se llevó las manos a la boca y las brujas que la acompañaban comenzaban a reír a carcajadas. Unos minutos después la situación era catastrófica, tenía a vecinos, amigas de mi mujer, mi mujer y los malditos mariachis todos riéndose de mí, por lo que decidí unirme a ellos y reírme con ellos, paré la serenata y comencé a cantar la canción de la película El mariachi de Antonio Banderas, “soy un hombre muy honrado y me gusta lo mejor, las mujeres no me faltan ni el dinero ni el amor….”.


Las amigas de mi esposa la empujaron hacia a mí y ella comenzó a acercarse con los ojos llenos de brillo, el dantesco espectáculo daba resultado. Estando cerca de mí se aproxima a darme un beso, pero cuando estaba a centímetros de mi boca cambió de dirección y se fue a mi oído y dijo “No creas que soy tan pendeja para perdonar todas tus infidelidades por vestirte de payaso y hacer el ridículo de esta forma frente a todos” y cuando se alejaba la tomé y le dije al oído “con una pendeja jamás me habría casado, sé que esto no es suficiente para perdonarme, pero prepárate esto es sólo el comienzo”. Al soltarla ella se me quedó viendo fijamente como para pegarme una cachetada, pero en vez de eso me dio una sonrisa e inmediatamente, muy digna, dio la media vuelta y se fue la casa. Para mí, la sonrisa lo había dicho todo, el reencuentro estaba partiendo pero no sería nada fácil este proceso.

Posterior a eso me subí al auto entre aplausos de los vecinos y abandoné el lugar. Una vez lejos de mi casa, me surgió la idea de ir al bar a buscar a la asistente comercial para llevarla a mi habitación, pero algo en mí dijo que por ahora era mejor pasar y me fui en dirección al hotel a dormir solo.

Al llegar, lo poco de dignidad que me quedaba me fue quitado por el guardia de la entrada quien no sólo no me dejaba entrar vestido de mariachi, sino me decía “ándate de aquí maldito borracho”. Después de un rato logré explicarle la situación y llamó al gerente del hotel quien bajó al lobby y mordiéndose la lengua para no reírse me pidió las disculpas.

Para pasar el mal rato fui al bar del hotel y el barman me dijo “¿el de los pantalones bonitos, qué se va a servir?”, el respeto ya lo había perdido por lo que sin ninguna ganas de aclarar quién era, respondí asumiendo la situación “sírvame un ron por favor”.

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